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Crónica épica de unas fiestas alternativas – Julio 2019

El ritmo de tambores nos puso en alerta. Como si de una batalla legendaria se tratará, todas nos miramos sobrecogidas ante la idea de nuestro propio final y lo supimos: ¡Aguantaremos hasta desfallecer!”. La percusión se acrecentaba y la marabunta se acercaba, pero no perdimos la calma. Conocíamos nuestra misión y evaluamos la situación: vasos (compostables, por supuesto) apilados, tiradores fríos (a duras penas), tiquets vintage, camisetas a dos colores a elegir, limas cortadas, hielo pilé, parrillas calientes, pan cortado, hamburguesas preparadas, butifarras cocinadas… Y espátula en mano esperamos lo inexorable. El Raval tiene hambre.

Día y noche duraba la contienda y nuestro espíritu incansable permanecía. Algunas se iban uniendo y otras iban cayendo, cual tablero de ajedrez. Teníamos frente a nosotras a una masa, amable y combativa, pero sedienta y hambrienta aún por atender. El ambiente era festivo y el compromiso total. El cansancio nos hacía desfallecer pero desertar no era una opción, estábamos allí para ofrecer una alternativa mejor y poder apoyar otras resistencias. Ninguna valiente pereció. Un año más, demostramos ser un núcleo organizado pero altamente entrópico y, así, nos topamos con las vicisitudes de cada festa. En barra, apenas se entendía algo entre tanta multitud… “¿Ya estás tirando cerveza? Si falta la caja, no tenemos cambio…”, “Vienen por 20 hamburguesas para los músicos del concierto punk y ¡no queda pan!”. Por suerte, las artistas amenizaron tal hazaña, aunque para pericia la suya que hasta sortearon huevos duros y verduras de algún palco colindante al escenario. Y, junto con el machista de turno jodiendo, hora tras hora el punto lila tornaba multicolor. Mientras tanto en tickets, la cola no parecía tener final. Nuestra mente agotada y confundida no daba espacio al algebra más básica: “Tres mojitos, dos bocatas, cuatro cervezas, dos hamburguesas… suma tú lo que me debes, que el coco no me da…”, “Más mojitos no, que tengo ampollas en los dedos”. Y en cocina, un destacado equipo 24h y multitarea, ya fuera cortar verduras, deshojar menta o limpiar boquerones para una legión. Con especial mención a Faus, hijo de, como mínimo, la mismísima Esparta, que desde que tomó el timón de la cocina no lo soltó ni un segundo. Miraras hacia los fogones, a la hora que fuera, ahí estaba él bajo el sol abrasador con la única protección de su sombrero de paja. Sin desanimarse. Sin parar ni para tomar aliento… Nos queda la duda de si de Esparta, biónico o de otro planeta, lo que es seguro es que su combustible es aceite de oliva virgen extra ecológico… pero “del bó”.

El final de las jornadas fue plenamente satisfactorio. Conseguimos nuestro objetivo y, pese a alguna lesión y más barro en los zapatos, la contienda mereció la pena. Nos quedamos con los síntomas de la extenuación mental como los ataques de risa resultado del cansancio ya fuera a las 4 de la mañana del sábado o a las 7 de la tarde del domingo, la operación sin sentido “Búsqueda de la silla perdida” o la percepción espacial de agujero negro al pasar por el umbral de la entrada del Ágora, así como, las improvisadas asambleas bajo un techo de cartones el último domingo de lluvia.

Muchas más incombustibles estuvieron detrás y delante de las trincheras, desde esta friki-crónica un abrazo y agradecimientos a todas ellas. Para finalizar, si alguien ha llegado hasta aquí… ¡un abrazo valiente! Destacar que esta extraordinaria aventura, se libra en un contexto de guerra mucho más grandioso y heroico, la guerra real que se lucha en las calles. Esa que levanta al barrio cada día y que vamos a ganar se pongan como se pongan. ¡Raval against the machine!

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