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Etcetera_54_webAisa Pàmpols, Manel: La huelga de alquileres y el Comité de Defensa Económica. Barcelona, abril-diciembre de 1931. Sindicato de la Construcción de CNT. Associació Cultural el Raval «El Lokal». Barcelona, 2014. 186 pp.
Hasta ahora no nos costa que hubiera aparecido ningún trabajo en formato de libro dedicado exclusivamente a la huelga de alquileres llevada a cabo en Barcelona en el año 1931; sabíamos de algunos artículos en los que con más o menos extensión se hacía referencia a aquellos hechos (Nick Rider, José Luis Oyón, Chris Ealham, Eulàlia Vega…). A partir de ahora disponemos de una memoria crítica de aquella compleja huelga. Lo decimos así porque la confrontación no tuvo como frentes abiertos trabajo y patronal sino vivienda de trabajadores y caseros propietarios de pisos, en algunos casos Bancos.

El libro enmarca los hechos en el cuadro socio-político de la España que acababa de estrenar la Segunda República pocos meses antes, con una situación en que las condiciones de vida habían empeorado notablemente durante los años anteriores de la Dictadura de Primo de Rivera; en ésta se dio la paradoja que mostraba como la situación de las grandes empresas había mejorado, en algunos casos de manera muy notable y sin embargo las tasas salariales habían descendido entre 1925 y 1930. Por si fuera poco, la finalización de grandes obras como las del Metro de Barcelona, la Expo de la misma ciudad y la de Sevilla del 29, ocasionaron un fuerte paro (similitudes con nuestro presente). Estas obras significaron en consecuencia la llegada de muchas familias y la consiguiente demanda de más viviendas.


La subida de alquileres fue imparable sin que la nueva república, en la que tantas esperanzas habían depositado quienes la habían hecho posible, hiciera nada para detener la tragedia que iba a caer sobre muchísimas familias.
En junio de 1931 salió a la calle la nueva policía republicana, la Guardia de Asalto. Ella estuvo, desde el primer momento, a la altura de la desgraciada república española; jamás dudó en defender la propiedad privilegiada de la misma manera que siempre reprimió a cuantos defendían los bienes de todos.
El Comité Regional del Sindicato Único de Construcción de la CNT hizo suyo el problema y lo calificó de prioritario, constituyendo el Comité de Defensa Económica. Uno de los primeros actos fue convocar una concentración a la que asistieron 150.000 personas de la que salió la consigna «Contra el Paro, la Inflación y por la Rebaja de alquileres». La provocación de los Mossos d’Esquadra convirtió el final del acto en una acción casi bélica; pero ya se había puesto en marcha una cadena de reivindicaciones progresivas, como obligar a los patronos a contratar un 15% más de obreros según cada plantilla, o la prohibición del trabajo en los conventos por hacerse en ellos en condiciones ventajosas y por tanto inmorales, o el control de precios de los colmados hasta mientras no se alcanzase la rebaja de alquileres.
El Comité de Defensa Económica fue el motor que impulsó y dinamizó la huelga. La apuesta fue elevada y dura; una huelga de este tipo no es una fábrica donde la gente está agrupada físicamente; una vivienda permanece muchas horas sin adultos en casa, o con abuelos. A partir de junio de 1931 muchas familias se negaron a pagar el alquiler a menos que se les aplicara una rebaja del 40%, que era el resultado estimado de lo que podía destinar una familia para un inmueble.
Los propietarios se hicieron fuertes a través de su Cámara de la Propiedad para la cual eran sagradas la Propiedad y la Iglesia. Los guardias y funcionarios, con la orden judicial en la mano, irrumpían allí donde no se pagaba el alquiler, procediendo a la expulsión de sus moradores; todos los muebles era bajados a la calle; una vez ejecutado el desahucio muchas veces los vecinos ayudaban a abrir otra vez la vivienda y a subir y colocar los enseres. Se habla de tres desahucios diarios (¿Cuántos tendremos hoy aquí?)
Manel Aisa resalta el papel que tuvieron las mujeres en aquellas horas dramáticas; ellas eran las que más tiempo pasaban en casa y se enfrentaban a los guardias. También ellas fueron mayoría en las manifestaciones de aquellos meses. Como en otros veranos de nuestra historia, la guerra social alcanzó entonces su máxima crudeza al proceder el gobierno a la detención de los cabezas de familias que habían reocupado sus viviendas, de tal manera que en setiembre la Modelo albergaba más de 300 presos detenidos por este motivo los cuales se declararon en huelga de hambre. Fue asaltada a tiros y clausurada la sede del Sindicato de la Construcción y del Comité de Defensa Económica.
El sentimiento de traición por parte de la República, máxime en los corazones de tantas familias en paro, más el hambre, todo ello rematado con una sangrienta defensa de la propiedad, llevó a la huelga general que se saldó, solo en Barcelona, con seis muertos. Se inició el declive de la huelga de alquileres que arrastraría con él a la misma república. Aquel Estado se hundiría más con la reaccionaria Constitución promulgada a finales de año. Luego, Fígols en 1932, Casas Viejas y la Ley de Vagos y Maleantes en 1933… La República estaba tocada de muerte.
El libro es un trabajo bien documentado, con el sólido testimonio de la prensa de aquel periodo e incluso con el de trabajos posteriores y no exento de reflexiones y consideraciones. Se trata de una buena aportación y referencia para nuestra actual sociedad, que responde como puede o sabe a un castigo de más de 400.000 desahucios llevados a cabo en estos cinco últimos años.

6 març, 2015

Crítica del libro: "La Huelga de Alquileres…" en la revista Etcétera nº 54

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